Arden las estrellas

Portada del libro Arden las estrellas de Ana Luisa Coviello

Por Andrés Stisman

Es un honor y un privilegio para mí presentar este libro, Arden las estrellas, de Ana Luisa Coviello. Debo reconocer que, conforme me fui sumergiendo en las páginas de este delicioso escrito, fui sintiendo que lo que ella había dejado en mis manos era mucho más que una obra de narrativa poética analizable con categorías puramente teóricas o disciplinares. Lo que Ana Luisa nos ofrece, con generosidad y belleza, es a ella misma. Despojada de todo maquillaje, nos muestra un poco de su vida y mucho de su alma. Herida y vulnerable, pero, a la vez, resiliente y ardiente.

El libro se estructura en torno a un acontecimiento central en su vida, la muy prematura partida de su mamá, Cuchipe. En términos de Marta Dillon, trata sobre "la fugaz estrella de su vida y a la omnipresente estela de su ausencia".

La primera parte nos traslada al paraíso perdido, la vida con su madre. Aparecen retazos de recuerdos, imágenes, olores, sensaciones, canciones. Su vida en la casa de la Rivadavia 1936. La felicidad, la completud. Un mundo en el que, en la oscuridad de una noche y bajo el tenue reflejo del televisor, Cuchipe y Ana Luisa son dos estrellas que se abren "paso en el manto negro del universo".

La segunda parte nos instala en un escenario marcado por la abrupta partida de su mamá al cielo, según le habían dicho, por el desamparo, el exilio. Pero también por la vida misma que, a su modo y al igual que la muerte, se impuso y permitió que la niña que era persistiera. Cándida, curiosa, traviesa y protectora, aun en la intemperie, de su hermano Alfredito a quien dedica el libro. Me resultó imposible no sentir ternura y emoción al representarme algunas escenas de su vida infantil. La cito: "La palmeta era una lengüeta de cuero color verde agua que la Mima utilizaba para darnos castigos. Mi hermano lloraba y me pedía ayuda. Yo me desesperaba porque estaba encerrada. ¡Vieja bruja! ¡Vieja mala, dejalo a mi hermanito! ¡Abrime la puerta, vieja bruja! Tampoco me recuperaré de ese momento. La vida sin mamá".

La tercera parte nos lleva vertiginosamente a su adultez marcada por múltiples eventos que seguramente muchos de quienes estamos aquí conocemos: su matrimonio, su maternidad, su divorcio, sus viajes de ida y vuelta, su doctorado, etc. Ana Luisa nos brinda aquí una presentación muy íntima de su vida como mujer atravesada tanto por el desgarro como por los momentos en los que consigue, gracias a la mediación simbólica, trocitos del paraíso perdido. Exquisita es la narración, acompañada por una foto, del momento en el que pudo estar más cerquita del cielo habitado por su mamá. A propósito del nacimiento de su hijo Lucas expresa: "El contacto físico con el bebé despierta sensaciones latentes. Es el recuerdo del cuerpo de mi madre. Tibieza. Protección. Resguardo. Doy mi amor porque ELLA me lo dio antes a mí".

Arden las estrellas es una multiplicidad de cosas.

Es un texto que dialoga con el mundo de sus afectos. Una confesión. Un acto comunicativo. Una invitación a conocer a Ana Luisa un poco más. Un diálogo de alma a alma.

También una ofrenda, un regalo, una enorme declaración de amor a su madre. Y también a Alfredito, a sus tías, a su padre, a su hijo, a sus abuelas y a varias personas más. Arden las estrellas es, a su vez, una muestra magistral acerca de la forma en que se puede transformar el dolor en belleza, y mucha, porque, no lo duden, el libro es una delicia desde la primera hasta la última página.

Si bien es cierto que no creo que la belleza de esta obra se pueda reducir a un conjunto de propiedades especificables en el texto, sí deseo señalar tres características que, a mi juicio, lo hacen notable.

  1. El libro tiene una arquitectura impecable, una lógica subyacente y armónica. Las palabras con las que lo abre están en perfecta consonancia con las que lo culmina. La autora traza un camino no totalmente circular cuyo punto de inicio y de cierre nos remiten de modo muy virtuoso a la fusión amorosa con la madre.
  2. Ana Luisa no solo nos traslada a su mundo íntimo con palabras, sino que juega con ellas de un modo extraordinario consiguiendo que, en ocasiones, significante y significado se fundan. Espacios vacíos, oraciones que forman escaleras, letras de tamaños creciente y decreciente están llenas de sentido e invitan al lector a sumergirse en el clima que crea la autora.
  3. El texto invita a reflexionar, a través de la particularísima vida de Ana Luisa, sobre algunas constantes de la condición humana. La cito: "Acurrucada en mi cama, acostada en posición fetal, mi cuerpo queda a resguardo del horrible mundo de allá afuera. Este es mi lugar: un útero que me protege […] Mi cama es el recuerdo del útero, el lugar donde más a salvo me siento".

Como alguien que conoce y quiere a Ana Luisa desde hace años, solo me queda agradecerle infinitamente por este libro y el honor que me ha conferido al permitirme presentarlo. Muchas gracias por abrirme y abrirnos tu alma. Muchas gracias por tu calidez que se refleja en todas y cada una de las páginas de este escrito. Muchas gracias por haberle dado a este "horrible mundo de afuera" un texto de esta naturaleza, único, cuidado, entrañable, especial, disfrutable. Muchas gracias por la emoción que transmiten y producen estas páginas, muchas gracias por la pasión, muchas gracias por la belleza que nos regalás con tu arte. Tu estrella, que también está hecha de la de Cuchipe, ya está ardiendo.