Cuatro lindos gatitos
Por Agustina Victoria
En primer lugar, agradecer. Imagino que el argumento para justificar su elección es bastante simple: miren nuestra ropa llena de pelitos. No traten de combatirlos, no hay rodillos comprados en los chinos, ni cintas de embalar, ni cepillos mágicos que los eliminen. Son señales para encontrarnos entre nosotres por la calle y la vida, que nos identifican como les elegides por un felino que quiere que lo tengamos presente todo el tiempo.
La amistad con la Covi, la Anita, estuvo signada desde el inicio por los michis. Les cuento cómo fue. Una lluviosa mañana de abril recibía un mensaje de mi hermano diciendo que habían dejado un gatito recién nacido en la puerta de su trabajo y el jefe no permitía que lo entre, yo estaba yendo a la facultad, el colectivo pasaba por ahí así que bajé y me llevé el gatito a clases.
Según el veterinario, no tenía más de 3 o 4 días y necesitaba mucho calor, será por eso que, ante cada intento de dejarlo en casa, le agarraban unos ataques que parecía se moría. No había caso: era un gatito de Filosofía y Letras, le gustaban las asambleas de estudiantes, el bullicio al mediodía y las largas jornadas en los merenderos. Una de esas mañanas empezó a llorar desde el bolsillo de mi camperón, envuelto en un pañuelo, donde se pasaba todo el día. El desgraciado, al que bautizamos Neno, sabía ubicarse: nunca lloraba en clases, pero cuando salíamos era otro cantar. En la intersección de Filo y Psicología, los maullidos atraían la atención de cuanta persona pasaba, la gente miraba a todas partes sin descubrir de donde venía, hasta que en un momento se abrió esa puerta de la pequeña oficina que corresponde a la cátedra de semiótica, y salió la Covi, dio un vistazo rápido y resuelta se dirigió hacia mí diciendo: ¿vos tenés un gato?
Nerviosa pensaba que me iba a comer un sermón, pero no, me miró enternecida por los 10 cm de pelos atigrados que cubrían ese cuerpito flaco que saqué del bolsillo y por el relato de la necesidad de afecto llevada al extremo. Sus palabras fueron de cariño, un cariño que nos hermanó para siempre como maternadoras de gathijes.
Al tiempito llegaron los malandras a su hogar, el Neguito y Oli. Y aquí entre nos, son mis favoritos, no le cuenten al Tiki. Me considero su madrina de bautismo. Verán: la Anita no se decidía por un nombre para ponerle al Oli, ya que no sabía su sexo, no quería estar cambiando después cuando lo descubrieran. En el caso del Neguito era fácil, el dilema se planteaba con el barcino. Entonces le tiré: ¿y si le ponés Oli? Más adelante, cuando descubrieran el sexo, podría especificar "es Oli por Olivia" o "es Oli por Oliverio". Finalmente quedó este, un gatito literario, resonante, elegante como él solo.
La relación humana-gatuna se intensificó cuando me vino con la propuesta de mudarme por mes y medio a su monoambiente, tierra de aventuras de estos cuatro lindos gatitos. Se iba de viaje y la anterior cuidadora, la tía Matena, tenía la guerra declarada por el Tiki, aunque vale aclarar que un poco el Tiki le declaró la guerra a la humanidad. Así me convertí en la primera niñera oficial de gatitos certificada. Y cada vez que la Anita viajó, no importa la cantidad de días, sean viajes cortos o largos, me encargué del cuidado de los pequeños. Así que se imaginarán que soy una de las que mejor los conoce.
El primero en aceptarme en los días de estadía fue el Neguito, obviamente, Neguito generoso y bueno, simpático y comprador. Se robaba las esponjas de virulana de la alacena de la cocina y las revoleaba por todas partes. Me quería quitar las lapiceras de la mano, tironeaba las tiras de mi mochila y cuanta cosa encontrara, siempre dispuesto al juego. El Oli, por supuesto, sabe que soy la madrina, entonces sus muestras de cariño eran constantes, no le creo mucho sus declaraciones como cómplice de Tiki, para mí es un chancho peludo amoroso.
¡Ah! Y el Tiki. Macho Alfa, nubecita gorda, blanca y feroz. La convivencia fue difícil, tengo que admitir. Desde el comienzo me demostró que el departamento era suyo y yo debía rendirme a sus pies. Lugar donde se ponía, lugar al que no podía ingresar por el tiempo que él decidía estar allí. Si lo intentaba, sin escrúpulos me tiraba zarpazos de advertencia y se venía encima al humo. Una vez se puso en el estrecho pasillo del baño, estuve horas sin poder entrar hasta que no di más, hice de tripas corazón y me largué valiente invadiendo su espacio personal. Torbellino de zarpazos, pero sin lamentar víctimas, por suerte. Una vez, dejé preparada la ropa para un casamiento que tenía y me fui a dormir, para despertarme con un tremendo bullicio y corridas desesperadas: el Tiki se había enrollado en el vestido al que yo, caprichosa, había colgado sin hacerle caso a la Anita que me lo advirtió.
Con el tiempo terminó acostumbrándose a mí, claro que no me permitía que le rasque la panza como el Neguito y el Oli y mi sola presencia era motivo para ubicarse desde un punto estratégico donde pudiera vigilarme bien en cada movimiento. Cuando finalmente sentí que me aceptó fue un día que llegué al departamento y realizó los característicos ochos entre mis piernas en señal de bienvenida, unas rascaditas detrás de las orejas y hasta ahí llegó su permisividad.
Luego se sumó a la tríada de hermanos el Lazarito, con él conviví poco, porque al irme a vivir sola mis gathijes ya no tenían quien los cuide y estaba más limitada. Igual, el Desca a corto plazo se hace querer, sabe acaparar la atención, tiene una ternura indescriptible y una tremenda agilidad, aún con solo la posibilidad de sus patitas de adelante y el arrastre continuo. Un detalle no menor, del cual no sé si la Anita es plenamente consciente, es del inmenso tamaño que tienen Tiki, Oli y Neguito, para un gato normal. Son tres enormes criados a lomitos de atún (por ahí viene la mano, según mi teoría) y aun así el Lazarito se abrió paso entre gigantes, todo un logro a destacar. Solo una personalidad fuerte, que no se deja avasallar, lo puede lograr, digo yo.
Ser la niñera, la madrina, concubina de los cuatro hermanitos creo que me da cierto privilegio, como dije soy una de las que mejor los conoce. Por eso puedo asegurarles que, cuando lean estos cuentos escritos con tanto afecto, los conocerán por todos los colores de sus voces, retratados en sus personalidades en detalle y a la perfección. En mi caso, pensé en la infinidad de aventuras que deben haber vivido cuando no los veía. Y también me llevó a imaginarme a mis propios gatitos, lo que decían y lo que hacían, si tendrán aventuras por el edificio, de las cuales ni me entero y las posibles charlas en las largas ausencias durante el día. Maternar gathijes es particularmente un desafío, ellos ponen sus límites y solo se puede avanzar en las muestras de afecto mientras ellos lo permitan.
Convivir con animalitos nos permite experimentar una forma de amor única, inexplicable para quienes no lo sintieron antes. Con cada pequeño gesto ellos también demuestran todo ese cariño y creo que un poco está todo eso presente en los cuentos, detrás de los anhelos por un regalo de cumpleaños, o esas rengueadas del alma que nuestros animalitos compañeros saben percibir tan bien y a las que responden con un hociquito húmedo que dice "aquí estoy". Son portadores de una incondicionalidad que traspasa, un entendimiento especial, combaten nuestras soledades y dolores e inundan nuestro día a día de luz. Sé que la Anita lo vive así y espero puedan sentir una pizquita de todo eso cuando se sumerjan en las aventuras de los cuatro lindos gatitos del monoambiente.
Me hago eco de la poesía tan acertada de Gioconda Belli que describe este amar tan bien: "Te quiero como gata boca arriba, panza arriba te quiero, maullando a través de tu mirada, de este amor-jaula violento, lleno de zarpazos como una noche de luna y dos gatos enamorados discutiendo su amor en los tejados, amándose a gritos y llantos, a maldiciones, lágrimas y sonrisas (de ésas que hacen temblar el cuerpo de alegría)" porque les juro que todos los pelitos de la ropa y atravesados en la garganta son de alegría y amor y nos están llevando realmente a la metamorfosis.