Cuatro lindos gatitos

Portada del libro Cuatro lindos gatitos de Ana Luisa Coviello

Por Dra. María Marta Luján

En tiempos colapsados, autores como Álvaro García Linera, Maristella Svampa o Rita Segato, han repensado y reactualizado las preocupaciones de Marx en torno a lo que él leía como la fractura metabólica entre el ser humano y la naturaleza, producto de la racionalidad capitalista; en la lógica neoliberal, la explotación depredadora de lo natural se potencia, lo desbarata; el entorno es percibido desde una exterioridad utilitaria hasta desembocar, en la pandemia, en la percepción de los demás seres vivos como el otro amenazante.

En tal sentido, en el libro de Ana opera una reconciliación, un re-ligamiento con el mundo animal en un ecosistema en el que distintas especies interactúan en la complementariedad, y los límites se desdibujan, los gatos hablan y los humanos maúllan.

La novela cuatro lindos gatitos es una historia entretejida por las voces de cuatro felinos que, desde distintas perspectivas, construyen un desopilante caleidoscopio de percepciones, de miradas que se distancian y encuentran, que interpretan lo real desde sus particularidades e historias.

Los extensos monólogos se rozan en el diálogo cotidiano, compinche, y familiar. La bajtiniana polifonía del texto amplifica una realidad que elude la pretensión de lo verdadero; los divergentes puntos de vista sobre lo mismo ensanchan el cuadro de los acontecimientos, los heterogéneos ángulos lo enriquecen e iluminan.

Si las miradas de ese polifónico mundo gatuno diseñan la historia, el personaje nodal, el que emerge con más fuerza es la mami, la humana, la vieji…, centro alrededor del cual giran, como una constelación, los diferentes puntos de vista.

Cansada, enojada con el mundo, sobreprotectora, eslabón desgarrado entre dos ausencias fatalmente omnipresentes: la madre y el hijo; en ese naufragio, en esa deriva, el anclaje está dado, como un colchón amortiguador, en un bálsamo ronroneante que se cuela, consolador, protector, entre el ruido humano.

La novela de Ana no se quiere moraleja, mensaje, vehículo de algún sentido que habría que descubrir más allá del relato. No hay una reflexión profunda que aporte respuestas. No hay verdad a ser revelada.

La autora sólo relata una historia de amor y tristeza, enfocada a través de ojos extraños.

Sin embargo, la novela nos regala un horizonte de lo posible; festiva y risueña, descarnada, triste y cruda, la historia dispara intuiciones que, a pesar de que "este mundo está podrido" nos reconcilian con la vida:

  • Que la verdad no es única y absoluta, que surge de un proyecto colectivo
  • Que el amor puede rescatarnos de la intemperie
  • Que la vulnerabilidad física y emocional puede ser una potente fortaleza
  • Que no es necesario conocer el deseo del otro sino saber que lo que importa es hacerlo feliz
  • Que la felicidad es indefectiblemente efímera
  • Y que poner el cuerpo a veces vale la pena si lo que está en juego es la posibilidad de volar…